¿Quién Fue Gustavo Adolfo Bécquer? Guía para Familias

¿Quién Fue Gustavo Adolfo Bécquer? Guía para Familias

Gustavo Adolfo Bécquer es uno de los autores más citados de la literatura española y uno de los que peor lo pasó en vida. Murió a los 34 años, pobre y casi desconocido, y la fama le llegó cuando ya no podía enterarse. Contada así, su biografía es una historia estupenda para niños: va de alguien que insistió mucho tiempo en algo que nadie le reconocía.

Esta guía resume su vida en el nivel de detalle que sirve para explicársela a un niño de seis a diez años, sin convertirla en una ficha de examen.

Un niño huérfano en Sevilla

Nació en Sevilla el 17 de febrero de 1836. Su nombre real era Gustavo Adolfo Domínguez Bastida: «Bécquer» era un apellido de unos antepasados flamencos de la familia, que su padre pintor ya usaba para firmar sus cuadros y que él adoptó después.

Se quedó huérfano muy pronto. Su padre murió cuando él tenía cinco años; su madre, cuando tenía diez. Él y su hermano Valeriano —que sería pintor, como el padre— crecieron repartidos entre familiares y una madrina, doña Manuela Monnehay, que tenía una biblioteca en casa. Ese detalle importa: fue ahí donde leyó.

Sevilla aparece luego en su obra de forma muy reconocible. La ciudad de Maestro Pérez el Organista, con su convento y su misa de Nochebuena, es la Sevilla que él conoció de niño.

Madrid, a los dieciocho, sin nada

En 1854, con dieciocho años, se marchó a Madrid a ser poeta. Le fue mal durante bastante tiempo. Vivió de escribir en periódicos, de traducir, de adaptar obras de teatro y de cualquier encargo que saliera. La poesía, que era lo que le importaba, no daba de comer.

Es la parte de su vida que más suele interesar a los niños mayores: alguien que hace el trabajo que puede para poder hacer el trabajo que quiere.

Llegó a tener un puesto en una oficina del Estado y lo perdió, según se cuenta, porque le pillaron dibujando en horas de trabajo. Trabajó también como censor de novelas, un cargo que hoy suena raro y que entonces era simplemente un sueldo fijo. Nada de eso salió en los periódicos de la época: eran los años en los que iba escribiendo, sin que nadie se lo pidiera, las leyendas que hoy leemos.

El Moncayo: dos años que lo cambian todo

Bécquer estaba enfermo de tuberculosis. En 1863 se retiró con su hermano Valeriano al Monasterio de Veruela, al pie del Moncayo, en Aragón, buscando aire limpio. Se quedó cerca de dos años.

Ese retiro es el origen de buena parte de lo que hoy leemos. Allí escribió las Cartas desde mi celda y recogió leyendas de la gente del lugar: historias de montaña, de gnomos, de ciervas blancas, de fuentes encantadas. De ahí salen directamente El Gnomo del Moncayo y La Cierva Blanca, y en el mismo paisaje se mueve Los Ojos Verdes de la Fuente.

Es un detalle bonito de contar a un niño: esas montañas existen, se pueden visitar, y el monasterio sigue en pie.

Las Rimas y las Leyendas

Bécquer escribió dos cosas que han sobrevivido. Las Rimas son poemas breves, muchos de ellos famosísimos —«Volverán las oscuras golondrinas»— y bastante por encima de la edad de un niño de seis años. Las Leyendas son relatos en prosa, publicados sueltos en periódicos, y son lo que aquí nos ocupa.

Si conoces los títulos originales te sonarán: Los ojos verdes, El rayo de luna, La corza blanca, El gnomo, La cueva de la mora, Maese Pérez el organista, El monte de las ánimas, El miserere. Nuestras adaptaciones toman seis de esas y las reescriben para 6-8 años conservando el paisaje y el misterio.

Murió antes de saber que era importante

Bécquer murió en Madrid el 22 de diciembre de 1870, con 34 años, tres meses después que su hermano Valeriano. No llegó a ver un libro suyo publicado.

Lo que ocurrió después es la parte que más impresiona: sus amigos reunieron sus textos dispersos y los publicaron en 1871, al año siguiente de su muerte. Ese libro póstumo lo convirtió en uno de los autores más influyentes de la poesía española moderna. Todo lo que hoy se estudia de él se publicó cuando ya no estaba.

Cómo contárselo a un niño

La versión de dos minutos que funciona: «Hubo un señor en Sevilla que se quedó sin padres muy pequeño y que quería escribir. Se fue a Madrid a los dieciocho años y pasó bastante hambre. Se puso enfermo y se fue a vivir a un monasterio en una montaña, y allí la gente le contó historias de gnomos y de ciervas blancas, y él las escribió. Murió joven y nunca supo que sus historias iban a gustar. Las vamos a escuchar.»

Después, el orden natural es empezar por las del Moncayo —El Gnomo y La Cierva Blanca—, porque ya sabes contarle de dónde salieron.

Valeriano, el hermano que dibujaba lo mismo

Hay un personaje que casi siempre se queda fuera y que a los niños les gusta: Valeriano, su hermano mayor, pintor. Los dos se quedaron huérfanos a la vez, los dos se dedicaron al arte, y los dos se fueron juntos al Moncayo cuando Gustavo enfermó.

Mientras Gustavo escribía las leyendas que le contaban los vecinos, Valeriano dibujaba a esos mismos vecinos: sus trajes, sus fiestas, sus casas. Uno con palabras y otro con lápiz, documentando el mismo mundo. Valeriano murió en septiembre de 1870 y Gustavo tres meses después, en diciembre del mismo año. Es una historia de hermanos que se sostiene sola, y explica bien por qué el paisaje del Moncayo aparece tan preciso en las leyendas: no lo imaginó, lo tenía delante.

Qué fue el Romanticismo, explicado sin palabrejas

Bécquer fue el último gran romántico español, y «romántico» aquí no significa lo que significa hoy. No va de amor: va de una idea sobre cómo mirar el mundo.

La versión para un niño: antes de los románticos, mucha gente pensaba que lo importante de una historia era que estuviera bien hecha y enseñara algo claro. Los románticos dijeron que lo importante era lo que te hacía sentir, y que los sitios —una montaña, una ruina, un bosque de noche— tenían algo dentro que valía la pena contar. Por eso en las leyendas de Bécquer el paisaje pesa tanto: para él, el Moncayo no era el fondo de la historia, era medio protagonista.

Esa idea se nota mucho en El Rayo de Luna, donde lo que le pasa a Manrique no es que se equivoque, sino que descubre que mirar de otra manera también es encontrar algo.

Preguntas que suelen salir

¿Bécquer escribió para niños? No. Escribió para adultos, en periódicos. Las adaptaciones para niños son posteriores, y las nuestras conservan el paisaje y el misterio pero reorientan los finales.

¿Cuántas leyendas escribió? Se le atribuyen unas veinte, aunque el número varía según la edición porque algunas se publicaron sueltas y sin firmar. Las más conocidas son Los ojos verdes, El monte de las ánimas, El rayo de luna, La corza blanca, Maese Pérez el organista y El miserere.

¿Por qué se le estudia tanto? Por las Rimas más que por las Leyendas. Su forma de escribir poesía —breve, sencilla, sin adornos— rompió con lo que se hacía entonces e influyó en prácticamente toda la poesía española del siglo siguiente. Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez vienen de ahí.

¿A qué edad se puede leer el original? Hacia los doce o trece años, y mejor si ya conoce las historias. Llegar a La corza blanca sabiendo de qué va cambia bastante la lectura.

Dónde se puede ver a Bécquer hoy

Una cosa que ayuda mucho a que un autor deje de ser un nombre de libro de texto es poder señalar sitios. Con Bécquer se puede.

El Monasterio de Veruela, al pie del Moncayo, conserva la parte donde se alojó con Valeriano y tiene un espacio dedicado a los dos hermanos. Es el sitio más directo: allí se escribieron las Cartas desde mi celda y allí escuchó las historias de montaña que acabaron en El Gnomo del Moncayo y La Cierva Blanca.

En Sevilla, su ciudad natal, están sus restos: él y Valeriano fueron trasladados en 1913 al Panteón de Sevillanos Ilustres, en la iglesia de la Anunciación. Y en el Parque de María Luisa hay una glorieta dedicada a él, con un ciprés enorme, que es un sitio agradable de visitar aunque no se sepa quién fue.

En Soria no hay una casa museo, pero están los escenarios: San Juan de Duero y San Saturio siguen exactamente donde estaban, y siguen produciendo la misma impresión que produjeron a El Rayo de Luna.

Contarle a un niño que puede ir a los sitios donde ocurrieron las historias que acaba de escuchar cambia bastante la relación que tiene con ellas.

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Escucha las seis leyendas en la colección de Gustavo Adolfo Bécquer.